Un proyecto de trabajo me lleva a analizar la métrica y el ritmo de diversos poetas de todos los tiempos. De uno de ellos, Antonio Colinas, selecciono el Nocturno IV de El libro de la mansedumbre. Tenía este texto en mi ordenador, pues alguna vez lo encontré en internet y decidí hacerme una copia. Lo leo, lo analizo y hay algo que no me cuadra: todos los versos de once, catorce o siete sílabas, como es lo habitual en la llamada silva imparisílaba o silva de verso blanco como a mí me gusta llamarla, tan habitual en nuestras letras desde, al menos, la generación de los 50.
Pero el segundo verso tiene ocho sílabas, sin que haya ninguna licencia que permita otra lectura. Busco en internet. Encuentro hasta veinte páginas con el mismo poema. Todas con el mismo resultado. No es descartable que algún verso así pueda dejar caer un poeta (y hay bibliografía que lo corrobora, incluso), pero me extrañaba, y más en Colinas. En mi modesta biblioteca personal no tengo el libro concreto de Colinas para comprobar mi corazonada: ese verso no puede ser así, debe tratarse de un error. Alguien que transcribe mal y la red, con el cortaypega lo reproduce hasta la saciedad. Es mucho más cómodo reproducir que contrastar y comprobar.
Acudo a mi amigo Javier, entusiasta de la poesía de Colinas. Me escanea los nocturnos y me los manda. Y, en efecto, se cumple la corazonada. El inicio del poema, en cualquier página que consultemos en internet, es:
Duermes como la noche duerme:
con silencio y con estrellas.
Al segundo verso le sobra una sílaba. Lo transcribo correctamente hoy, para ver si, a partir de ahora, contribuyo modestamente a que no se siga propagando el error (subsano, además algunas otras erratas varias difundidas por la red). Y para disfrutar de su lectura, que es lo principal:
Duermes como la noche duerme:
con silencio y estrellas.
Y con sombras también.
Como los montes sienten el peso de la noche,
así hoy sientes tú esos pesares
que el tiempo nos depara:
suavemente y en paz.
Te han llovido las sombras,
pero aquí estás abrazando en la almohada
(en negra noche)
toda la luz del mundo.
Yo pienso que la noche, como la vida, oculta
miserias y terrores,
mas tú duermes a salvo,
pues en el pecho llevas una hoguera de oro:
la del amor que enciende más amor.
Gracias a él aún crecerá en el mundo
el bosque de lo manso
y seguirán girando los planetas
despacio, muy despacio, encima de tus ojos,
produciendo esa música
que en tu rostro disuelve la idea del dolor,
cada dolor del mundo.
Reposas en lo blanco
como en lo blanco cae en paz la nieve.
Duermes como la noche duerme
en el rostro sereno de esa niña
que todavía ignora
aquel dolor que habrá de recibir
cuando sea mujer.
Otra noche,
la nieve de tu piel y de tu vida
la veo reposando en silencio, al lado
de un resplandor de llamas,
del amor que se enciende en más amor.
El que te salvará.
El que nos salvará.